Seguramente fue por las tipas, aunque bien podría haber sido por ese sentimiento identitario mezcla con melancolía que producen en los porteños los adoquines. También pudo haber sido por el ancho exagerado de la calle, que sumado al de la vereda se parece más a un cauce que a una calle. Sin embargo tiene que haber sido por las tipas, por su ritmo constante, sistemático, una hilera de troncos dispuestos al azar sin ninguna gracia aparente pero con la tensión que suponen dos líneas paralelas que jamás van a tocarse.
No, no fue el binarismo de un árbol si tres no avanzando sobre dos orillas. Siento una gran atracción por las perspectivas pero definitivamente no fue por eso. La espectacularidad de la calle Melian se encuentra entre las copas de sus árboles. La forma singular en la que cada una de las ramas se estudian y reconocen para darse lugar y avanzar en un movimiento pautado del tipo vos para allá y yo para acá. Haciendo caso omiso a las intersecciones, a los colectivos y autos, a la señora paseando el perrito. No repara, y espero que nunca lo haga, en el ritmo voraz de la ciudad.
La he transitado infinidad de veces. Me llevo conmigo la estela de sinergia, la extraordinaria imagen de tejido vivo cual bóveda de cañón corrido natural. Siempre tupida, siempre frondosa, que asume la belleza y el riesgo de ser tan distinta como única en su especie. Vos… qué haces que no venis conmigo? ¿Será que sufris al igual que las tipas la timidez de los árboles?
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