domingo, 13 de agosto de 2023

Bien educada mejor aprendida.

Los recuerdos que tengo son muchos. Pasaron tantas veces por mi relato que posiblemente al día de hoy sean algo falsos.

Al principio me daba mucho miedo olvidarla. Luego ese temor fue decreciendo hasta centrarse casi de manera exclusiva sobre su voz. El audio que guardo destacado en nuestro chat de whatsapp me sirve de placebo. Nunca lo reproduje. Saber que existe es lo que me reconforta. La improbable idea de que si le doy play ella vuelve.

Ayer mismo, mientras barría mi casa me pareció verla. Sentada en el sillón. Sin siquiera molestarse en levantar los pies para que pueda pasar la escoba. Estoy segura de que era ella por su mirada juzgadora frente a mis actos que rompen el pacto tácito auto-impuesto, de no limpiar la casa los fines de semana. 

Para una mujer nacida en los 90’ es difícil satisfacer a una madre, casi tanto como acomodar una imagen en Word.

¡Basta mamá! Déjame pasar una, déjame sacar el polvo, dejame…
Cuánto desgaste, no es el orden ni la limpieza. Es el hábito imprudente de combatir al fuego con más fuego. Me siento a su lado. Le hablo y si bien en sus turnos reina el silencio me responde. Le cuento lo feliz que me siento por haber envejecido, la adolescencia me resulta insoportable. Sonríe. Me reconforta verla así. Desde que supimos que era cáncer le juré humor eterno. 

No tendría sentido perder el tiempo huyendo de los hechos. La vi y me vio verla. El desorden y la mugre fueron testigos. Nos regalamos la una a la otra, un momento cotidiano. Cálido como una noche de enero en las que solíamos salir a la vereda después de cenar a tomar el fresco. Se que en algún momento dejará de llover, lo que no tengo claro es que hacer con el paraguas. 


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