Es domingo de aniversario, de extensa sobremesa. De un modo espontáneo fue ganando terreno sobre los platos hasta lograr un despliegue de papeles, garabatos y trazos de distintos colores, con los que va ensayando nuestros nombres. Aprender a escribir es como hacer equilibrio, cada quien pone el peso donde mejor le resulte ya sea para avanzar o mantenerse quieto.
Es el turno de la cabecera cuando surge la duda, cómo es que si se llama Hugo no es U la primera letra de su nombre. Me toma por sorpresa y llego a destiempo para ensenarle que la H en el inicio es muda porque su finalidad es que distingamos una U de una V corta. El asombro fue aun mayor al oír esa voz entrecortada y carrasposa decir, que en este mundo hay cosas que aunque todos las sepamos nadie las menciona.
Vi la escena en cámara lenta, apurarme a estar en control fue inutil. Busqué sin éxito un punto fijo que me ancle que me ayude a digerir. Tengo la sensación de que llevaba años sin decir una palabra. Su discurso fue breve, e incluso mucho mas pedagógico. Todo con él es corto, las miradas, los abrazos, las visitas, las explicaciones.
Más tarde Marquitos volvería sobre lo ocurrido preguntando si el abuelo se refería con aquella declaración al pelo que usa la abuela, el cual parece no querer crecer ni cambiar nunca. Celebro su curiosidad constante con la que despliega bocanadas de aire fresco sobre los vicios de la vida adulta.
Cuando en cualquier contexto sale el tema de que Hugo no habla la gente suele preguntar si es mudo, cómo si llamarse al silencio no pudiera ser una elección, algo voluntario. Como si usar palabras no nos dejará al descubierto.
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