Incontables días sin dormir, la llevaron de aquí para allá, sin estar en
ninguna parte.
Un bar convertido en refugio callaba las voces de su mente. Fueron muchas
las noches en las que en él terminaba. Efímeros momentos en los que conseguía
el descanso en su corazón.
Un hombre de ojos melancólicos como un tango que ya no suena, apoltronado sobre la barra no hacia más que observarla sin
poder incomodarla. Se acerco, cauto, hasta el alma le olía a whisky.
Intercambiaron miradas, curiosas…
Permanecieron un momento en silencio, agudizando sus sentidos, volvieron
a mirarse. Como si no pesaran las palabras, soltó que en su cara y sin mayores esfuerzos se podían ver las huellas del cáncer que la había engañado justo
antes de consumirla.
Sus miserias los ponían en un estado de extraña conformidad. A gusto el uno
con el otro.
El vaso de licor toco fondo. Algunos billetes quedaron sobre la barra.
Sus manos se encontraron, sus pies los sacaron juntos del salón.
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