Como para verla y no temer, tenía el arma
más grande que sus ojos habían visto, 166 centímetros que intimidaban incluso al
más valiente.
La apertura de la puerta introdujo un tajo de luz, dejando suelta la más cautivadora de
todas sus curvas, su sonrisa. La alegría brotó de sus ojos, como una fuente.
Lo robo todo, mis pensamientos, mi religión, incluso mi aura.
Me cuidó, me sembró y hasta me cultivó como a un jardín.
Con la precisión de un alquimista transformamos el miedo en verdad, nos evaluamos con un juicio un tanto errante, no logramos evitar ni una de las muchas quemaduras.
Se fué.
Volvió. Casi como un faro en la ciudad, me guío de vuelta. Me sostuvo en silencio, y cuando su reloj dio las 22, volvió a tomar ese
tren en el que suele viajar, sola.
No hay comentarios:
Publicar un comentario