Aprendí a cebar mate a muy temprana edad,
Nunca diría que las condiciones eran adversas, porque aunque puede ser que me la hayan instalado la exigencia creo que viene de fábrica.
Mi recuerdo es nítido, cómo gran parte de mi infancia.
Tenía 10 años y estaba rumbo a Rosario en un camión Ford 600 colorado, con un semi que para mi era infinito, cargado a tope con cerámicas Zanón. Lo que son las vueltas de la vida, verdad? En fin.
Hacia poco y nada que habíamos salido, probablemente temprano porque mi papá decía que los boludos no madrugan y que el día que den vueltas el mundo iba a ser un ventilador, eso también se lo oí decir a mi abuelo, lo fácil que una deriva cuando abré el baúl de los recuerdos... Vuelvo al tema en cuestión, estábamos próximos a Líhuel-Calel cuando me preguntó si no me animo a preparar unos mates, entonces yo, que iba fascinada colgada del horizonte basto que tenemos asentí, como solía hacerlo y cómo suelo hacer frente a cada propuesta o desafío.
Debemos haber frenado en alguna subida, estrategia pura porque si bien no son pronunciadas no estábamos para exigir al noble Forcito. El equipo de mate estaba en un tupper cuadrado naranja de Tupperware, gordi 💅🏼. La pava chiquita de acero inoxidable con mango de madera, el mate para sorpresa de todos no era enlozado, jamás lo fué. Mate de madera siempre, después una no quiere tener mañas… adentro del tupper otro tupper con Yerba. Una garrafa verde, bueno con vestigios de color, tenía más kilómetros que la ruta 40, completan la escena. En verdad la escena la completamos mi papá y yo, que bajamos del camión con la pava para ir a buscar agua al tanque, que cargamos con la manguera en la puerta de mi casa antes de salir. Una manguera que todas las noches se daba el gusto de pasar por las manos de mi mamá, a veces por las mías o por las de mis hermanas, creo que todas heredamos la satisfacción por el riego. Sucedió de nuevo, abrís una puertita y brotan las palabras…
Cargamos la pava y volvimos a la cabina. Del bolsillo izquierdo de su camisa, mi papá saco un encendedor y me enseño a prender la garrafa, sin decir una palabra, cómo solía enseñarme las cosas, y cómo suelo aprenderlas yo. Mientras el agua se calentaba, armamos el mate. Yerba sin montañita, en esa época la influencia futbolística venía de la revista el gráfico que nosotros claramente no comprábamos.
“El agua siempre sobre la bombilla Luli” eso si me lo acuerdo con la voz y con la entonación de papá. Quizás ahí nació el TOC que me impide tomar un mate lavado, vaya una a saber.
Cuando el agua estuvo lista, cerramos la garrafa, la volvimos a ubicar en su lugar de viaje, y volvimos al camino. Recuerdo haber cebado con amor y precisión cada uno de esos mates, desde la pava por supuesto, porque si algo nos caracteriza a los Breide es cebar mate amargo con la pava.
Te extraño
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